Si le viene bien, le ruego no publique mi nombre, ni mi confesión, tan solo busco desahogo, y tener una voz, de entre cientos y miles que se pierden en la noche. Yo no quería venirme a estudiar Medicina, no tanto por la distancia entre esta ciudad y la mía, o porque no me interesara en primera instancia aliviar el dolor y sufrimiento de la gente. Más bien, me es amargo entrar en un ámbito en donde estoy tan lejos de mi hijo, de sus primeros pasos, de su primer corte de cabello, de su primera palabra. Qué difícil oponerse, aun aceptándolo con entera sumisión del propio ser, a la lejanía, a las largas noches sin juntar los ojos, a levantarse temprano, a llorar por una baja calificación, a sufrir enteramente por perder un semestre y saber que esta melancolía se alarga cada vez más.
Cuando este escenario comenzó, a la primera oportunidad que tuve, salí corriendo a mi casa, muy a pesar de toda esta situación. Conforme pasaron los días, y el encierro se prolongó, empezaron a llegar las clases digitales. Salones virtuales en donde el profesor explica la materia lo mejor que puede, pero que yo no llego a entender, y me da mucho miedo preguntar o decir algo; en donde vivo con pánico que el internet empiece a fallar, mi micrófono no esté encendido, o que mi niño entre corriendo en la habitación, y empiece a destrozar las cosas o a jugar con mi cabello. Además de las clases, vienen las tareas, una por cada materia, con problemas o casos clínicos imposibles de resolver. Acertijos redactados con migajas de datos, que esperan a ser resueltos en un tiempo casi inhumano.
Fue entonces cuando empezaron las publicaciones, las conversaciones, y la cascada de mensajes buscando una solución para las clases virtuales y esta cuarentena. A decir verdad, pienso que la tecnología está en mi contra, además de no entender toda la materia, siento que paso más tiempo haciendo deberes que escuchando la clase. Me hace falta caminar por los pasillos, y sentarme en una banca alrededor de mis amigos, con letras borrosas en un pizarrón, un profesor explicando y yo preguntando libremente. Me hace falta ir al hospital y hablar con el paciente, preguntar su día y pedir su permiso para explorar su cuerpo, saber de dónde viene, y si alguien le viene a visitar, usar el mandil y llegar corriendo a las clases. Míreme ahora, si le viene bien, con quejas y llantos, melancolías y días interminables, finalmente terminé amando el camino y la profesión. Y, aun así, a pesar de la nostalgia y la pena, quisiera prolongar el inicio de clases. Sé muy bien los riesgos que estamos teniendo, y lo difícil que será aprender en cuanto volvamos, pero quiero estar con mi niño, y poder verlo crecer.




