
Hace pocos días, la Asamblea Nacional aceptó la renuncia irrevocable del vicepresidente Otto Sonnenholzner. Tras su renuncia, la actual ministra de Gobierno, María Paula Romo, encabeza la terna para reemplazar a Sonnenholzner en la Vicepresidencia de la República. A más de Romo, también constan Juan Sebastián Roldán, secretario general de Gabinete, y la directora del Servicio Nacional de Aduanas, María Alejandra Muñoz.
Para el Ecuador, la esfera política y de gobierno, siempre han sido causa de gran controversia. En la actualidad, y encontrándonos en el contexto de una pandemia global, la situación se ensombrece aún más. La renuncia del vicepresidente Sonnenholzner, en una época en la que el país necesita de una estructura política bien establecida, deja mucho que decir.
En primer lugar, las funciones que cada uno de nuestros gobernantes deberían, por integridad, estar obligados a cumplir, la mayoría de veces han sido deficientes. Lo cual evidencia la falta de políticos preparados y con miras de acción firmes, que estén en la capacidad de solucionar, hasta cierto punto, los desaciertos de un histórico descuido en la política del país.
Con respecto a los aspirantes al puesto vacante, no parecen ser de las mejores opciones. Más aún, con un gobierno que cada día pierde popularidad por sus acciones fuera de lugar y, además, envuelto en una serie de procesos bien conocidos de corrupción en todos los niveles. Los ciudadanos ecuatorianos viven en una suerte de frustración colectiva frente a los repetidos sucesos políticos, que se presentan como si de un circo se tratase.
Y a la final, la democracia de la que estos mismos políticos dicen ser partidarios, es la que más ha sido menoscabada. La situación aberrante de la política ecuatoriana no tiene ánimos de mejorar, al menos no a corto plazo. Hasta que existan políticos que sean aptos para respaldar los derechos de los ciudadanos, conjuntamente con una evolución de la democracia y de la lucha ciudadana.