
Decir que la pandemia afecta a todos por igual, es analizar la situación con falta de perspectiva, y quizás es también una muestra de la insensibilidad que caracteriza a las generaciones del milenio.
COVID19 ha sido un evento que ha venido a cambiarlo todo, un suceso histórico sin precedentes, que sin duda dejará una huella que difícilmente pueda ser borrada. La manera de trabajar, estudiar, alimentarse, convivir y la vida misma, han tenido que cambiar para poder enfrentar la crisis contemporánea. Esta adaptación ha sido posible para algunos sectores de la población, pero para los más pobres, se ha vuelto algo insostenible. La pandemia ha hecho, por lo tanto, más visible la violencia estructural que siempre ha estado presente en nuestras sociedades (entendida como una forma de violencia no visible, que crea sufrimiento sobre los más vulnerables, con base en las estructuras sociales), profundizando las ya existentes desigualdades humanas.
Los sectores más pobres no han podido lidiar con el problema, en comparación con las clases sociales más acomodadas. La recomendación inicial -sin discriminar ninguna condición- fue entrar en aislamiento social de manera permanente para evitar la propagación del virus. Y fue una medida que se acató. Las familias se enclaustraron en sus hogares, bajo la protección de sus techos, las actividades económicos cesaron, y por lo tanto se utilizaron ahorros, préstamos o cualquier otro medio de sustento. Sin embargo, lo anterior fue solo aplicable para quienes poseían una casa que les brindara seguridad, trabajos estables que les permitieran ahorrar, medidas higiénico-sanitarias que les brindaran un ambiente protector, y en cambio, para los que no disponían de esto, solamente hubo ambientes amenazantes, hambre, escasez absoluta, miedo, y como corolario, desinformación. Todo lo anterior, condicionó que miles de personas se plantearan el dilema: morir de hambre en el confinamiento, o de COVID en las calles. Y las estadísticas son claras respecto a qué decisión tomaron muchos de ellos.
Los contrastes son claros e identificables, y me gustaría poner un par de ejemplos. Las clases sociales más favorecidas, cuentan con los medios para evitar el contagio y disfrutar de la estancia en casa: disponen de dinero para subsistir, adquirir comida e implementos de protección personal, internet, telefonía, y en el caso de la región del litoral -que vive épocas de climas implacables-, sistemas de ventilación, servicios de agua potable y alcantarillado. ¿Qué pasa sin embargo, con los más pobres? Estos viven en «casas» donde habitan además otras 5 familias, no disponen de agua potable o sistemas de eliminación de deshechos, el jefe de familia era un comerciante informal que nunca pudo ahorrar lo suficiente por sus bajos ingresos, no hay internet o teléfono, y tampoco hay medios para comprar comida, no como se debería, ni geles o desinfectantes, tampoco mascarillas, y si lo hacen, utilizan la misma hasta que físicamente no se pueda más.
Por lo tanto, es la estructura de la sociedad, la que condiciona este sufrimiento sobre ellos, y no es el COVID el único factor, o el más importante, sino más bien acentúa aún más las desigualdades que ya existían en nuestra sociedad, haciéndolas más profundas, más inquietantes, más letales.
Debería repensarse si esta guerra es en contra de un microorganismo en forma de corona, o más bien sobre las profundas diferencias que tiene nuestra humanidad.
Fuente: Ulloa, J., & Romero, M. J. (2020). COVID19 Y POBREZA: Un análisis de la situación ecuatoriana. (J. Ulloa, Ed.) (pp. 1–2).