De nuevo en la calle

Hay un ritmo selvático latiendo ahí abajo; el eco de los tímidos pasos marchando con un miedo palpable, una tradición de la cuarentena, se está empezando a esfumar mucho antes de lo acordado tácitamente por todos nosotros.

Estoy desde la cornisa del cielo, mirando con desesperanza y agobio, como la historia se escribe con cada nuevo individuo que decide salir a la calle a componer una nueva normalidad matizada con una serenidad fingida, inoportuna, incongruente.

Porque va a colapsar, las cifras se elevarán, y las cosas se conjurarán a peor. ¿Y saben una cosa?

No es culpa suya.

Durante horas de la mañana, el centro de la ciudad (Cuenca-Ecuador) se llena de voces desesperadas. Fuente: Diario el Mercurio.

Las personas no habrían podido hacerlo por sí mismos. Solo son niños grandes que creen que estar encerrados es su nuevo tiempo de vacaciones, una oportunidad para estar en familia, crecer personalmente o empezar un negocio.

Una sociedad cuerda les habría explicado las cosas como realmente son, con puntos y comas, los hubiera mantenido dentro de sus idílicas preocupaciones dentro de cuatro paredes y los habría, maternalmente, conservado lejos del peligro.

Pero nadie comprobó que aquella figura de guardia, estandarte de todos quienes respiramos en este espacio de tierra, fuera lo suficientemente sensato y prudente para no intentar convertir sueños y esperanzas, en producción, economía, capital, costo y beneficio.

Es una demostración de fuerza. ¿Cómo se atreven a ignorar la autoridad? ¿Cómo se atreven estas personas a pensar por sí mismos en su salud?

Vamos a salir a obligarles a trabajar, deambular, comprar, pagar impuestos, porque así nos parece que tendremos más impulso económico.

El tránsito por las calles céntricas de la ciudad (Cuenca – Ecuador) en tiempos de cuarentena. Fuente: Diario El Mercurio.

Veo a niños claramente sin mascarilla, acompañados de sus hermanos menores saliendo a la tienda.

Veo a personas ejercitándose junto a los ríos, ensortijados en el verbo de la espuma, en las virutas de los nombres.

Veo amigos que deambulan juntos para conversar sin rumbo fijo.

Veo el centro de la ciudad, formado de un caudal interminable de automóviles, integrando un interminable hilo de imposiciones y pretextos.

Veo desde esta cornisa perdida en el cielo la indiferencia dibujada por aquellos que difunden lo conveniente para sí, y el silencio como recompensa en pos de sentir el sol en la piel una vez más. Excusas que serpentean por una senda entre matices de luces y de sombras, anillos de dorados contornos dibujados por la necesidad, la obligación y la nueva normalidad.

Deja un comentario