A partir de diciembre de 2019, se evidenció el surgimiento de COVID-19, una patología infecto-contagiosa causada por el SARS CoV2, cuyo curso epidemiológico ha tenido avances de magnitudes incuestionables y un efecto profundo en la salud pública, la economía, las políticas de estado y la mentalidad de toda la población. A pesar de su baja mortalidad en la mayoría de grupos etarios, se ha considerado esta pandemia como la Esfinge que exige una respuesta inmediata a la pregunta de cómo evitar su transmisión. Si bien, varias medidas han sido propuestas para cortar el ciclo epidemiológico del virus, ninguna ha sido peor interpretada que el uso de la mascarilla, creando una falsa ilusión de protección al usarla, descuidando en ocasiones otras recomendaciones, ergo, aumentando el riesgo de su transmisión.
El uso de la mascarilla no está recomendado para toda la población, y sin embargo, se ha interpretado como la medida básica en todos los casos. Debido a que el medio de transmisión de COVID-19 es por vía aérea, o contacto personal, existen situaciones en la cuales las indicaciones son claras sobre el uso de mascarillas: casos sospechosos/confirmados y personal médico o familiares que entren en contacto con estos casos. A pesar de esto, los supermercados o farmacias, antes abarrotados de mascarillas, han quedado vacíos en estas secciones debido al intento poblacional de evitar cualquier medio de contagio. Y es sencillo observar en las calles de la ciudad, transitar cientos de personas cubiertas con estos artículos, mismos que son usados en ocasiones, durante periodos largos de tiempo, que llevan a humedecer y favorecer la colonización bacteriana de su superficie, generando condiciones poco favorables para el mantenimiento de la salud. Y por supuesto, los costos económicos innecesarios son el corolario de esta situación desesperada. El propósito del uso de una mascarilla, es fundamentalmente disminuir la probabilidad de dispersión de gotitas de fluidos contagiosos de las vías respiratorias, hacia personas sanas que están alrededor del enfermo, por lo que andar por la calle, usándolas, no otorga beneficios adicionales, y más bien, otras medidas como una higiene adecuada de manos y superficies, pueden resultar de mayor eficacia para controlar la dispersión de esta pandemia.

En conclusión, no es de gran utilidad el uso de mascarilla de manera indiscriminada, por parte de las personas sanas: al andar por la calle, al entrar en supermercados, iglesias o centros comerciales, y más bien, se debería buscar información adicional y válida, sobre medidas que realmente muestran eficacia en disminuir la probabilidad de infección, evitando de esta manera, la generación de gastos innecesarios, utilización inadecuada de material médico y una mentalidad paranoica sobre este importante problema de salud pública.
World Health Organization (WHO). (2020, February 19). Advice on the use of masks in the community, during home care and in health care settings in the context of the novel coronavirus (2019-nCoV) outbreak. WHO.